Uno de los retos más arduos para cualquier narrador es desarrollar un idioma inventado, alguna jerga, un argot.


Hace unos días, un lector –con vocación de escritor– me preguntó cómo resolvía los diálogos de mis novelas. Para él y para quienes se interesen en escribir al estilo tradicional, va esta nota.

En los diálogos, prefiero eliminar lo frívolo, salvo que desee mostrar un lenguaje de época. Aunque en la realidad se hable de cosas intrascendentes, en la novela suele ser efectivo que los protagonistas digan lo justo y necesario.

Si son varios personajes en escena y es preciso que todos digan algo, pueden caber lugares comunes, y si alguno es huraño o silencioso, podemos dejar que intervenga con monosílabos o silencios. Pero si son dos, no es bueno que hable uno de ellos durante páginas y páginas, aunque Sándor Márai lo hace en El último encuentro, y genialmente.

De todos modos, a veces, introduciendo una pregunta concisa del otro es suficiente para dar la impresión de que la escena no se ha cortado, que aquel sigue presente. El diálogo sólo sirve cuando la acción ocurre entre pocas personas, de lo contrario se corre el riesgo de que la obra, más que una novela, parezca una pieza de teatro: se puede usar, preferiblemente en escenas cortas, o el relato se volverá confuso para ciertos lectores.

Debemos estar atentos al equilibrio entre lo dialogado y el relato, las descripciones de interiores o exteriores, el retrato de personajes y las circunstancias que los unen y los separan.

Tal vez uno de los retos más arduos para el narrador sea desarrollar un idioma inventado, donde los personajes hablan una jerga especial, algún argot desconocido para el lector. Don Galaz de Buenos Aires –de un joven Mujica Láinez– es un relato hermoso plagado de términos coloniales –que he empleado en mis novelas–pero es casi ilegible para el lector común: así le advirtió Manuel Gálvez a la madre del autor, cuando esta le pidió su opinión.

Podemos dar ese tono a través de algún término de antaño, pero sin abundar: un recurso sería hacer hablar a los personajes con ese léxico y luego nosotros, como narradores, continuarlo con términos comunes. Si uno de los protagonistas tartamudea o cecea, mejor es escribir la frase normalmente y luego aclarar: “Tartamudeó Fulano…” o “con acento ceceoso, dijo Zultana…”

Muchos novelistas contemporáneos, especialmente los norteamericanos, prefieren lo que llaman el “diálogo puro”, que es el diálogo de Dumas en sus folletines, de algunas novelas del género “negro” o muy actuales. Podemos buscar el ejemplo en Pío Baroja (precursor), en Hemingway y otros autores de su época.

El diálogo así usado es rápido, fluido y facilita la lectura de la novela, pero puede perder riqueza psicológica, sensibilidad y quita al lector la oportunidad de ahondar en él.

Un “sí” o un “no” tienen muy distinto significado según cómo se lo pronuncia –riendo, con ironía, amenazante–; podemos dejar al lector librado a imaginarlo pero, en general, el que lee disfruta de sumergirse en el universo que hemos creado para él: los grandes narradores se esforzaron para dar la sensación de estar presentes a través de sus acotaciones, los sentimientos que se desprenden de la escena, el modo en que se dicen las palabras, se pintan los gestos o los ademanes que las subrayan. Y eso, sin duda, despierta la empatía y enriquece al texto.

Sugerencias:

Libro. Imagen Ilustrativa (Foto:PxHere)

1) Leer en Un hombre, si acaso, de Iris Murdoch, con una escena de varias hojas de diálogo sin que confundamos los personajes.

2) Un ejercicio: escribir el mismo diálogo de diferentes maneras: a mí me ayuda.


En esta nota:

Cristina Bajo En casa



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