Después de cenar, copábamos con mis hermanos la cocina para tomar mate, escuchar tangos y discutir sobre libros.


Todo comenzó con una carta (léase email) de mi hermano Pedro, preguntando si recordaba –de nuestra infancia en Cabana– lo que hacíamos después de cenar. Como soy la más vieja de la familia que todavía no partió al cielo merecido, le contesté que sí: nuestro hermano Eduardo (un poco menor que yo), nuestra hermana Eugenia (un poco menor que él) y el cuarto en orden descendente, o sea quien me escribía, solíamos quedarnos en la cocina, moderna entonces pero todavía de hierro y alimentada a leña, escuchando radio y tomando mate.

Uno de nuestros programas preferidos era de tangos, como él bien recordaba, y en las pausas de las publicidades hablábamos de cine, libros y las revistas de historieta que tanto nos gustaban. Con nostalgia me comenta que mamá lo enviaba a dormir, pero que esas veces en que podía eludirla, mi hermana Eugenia, apenas mayor que él, le enseñaba a bailar tango.

“Nunca lo aprendí bien”, me confiesa, pero insiste: “¿Te acordás de esas reuniones? A mí me fascinaba escucharlos a ustedes.” Y él al escribirlo y yo al leerlo, sentimos la tibieza que nos transmitían la leña y el hierro, y en la casa, que era grande, la lejanía del dormitorio de los padres que nos daba un atisbo de independencia: la hermandad sin adultos.

“Allí me prendí con los libros de Manuel Gálvez” dice, y yo recuerdo, emocionada, que esas novelas me las regaló Eduardo cuando en la familia se aceptó que yo sería escritora y que iba a escribir una novela sobre la guerra entre Unitarios y Federales.

Todavía guardo aquellos cuadernos de finales de los 50 con las notas que tomaba para un libro que no tenía título, ni trama, ni personajes, salvo una especie de Scarlett O´Hara, pero más noble y menos egocéntrica.

“Recuerdo que uno de los últimos libros sobre el que los escuché discutir fue Contrapunto, de Aldous Huxley, y que cuando lo leí, pocos años después, me impactó muchísimo”. Es cierto: yo intentaba por entonces leer aquel libro, una especie de experimento literario de ese hombre que no solo fue genio británico de la literatura, sino de las Ciencias y Humanidades, y me costó bastante. Con empecinamiento, lo conservé a través de mudanzas y cambios de trabajo, y resultó ser una de las obras más fascinantes de esa época.

Recordamos también que esas noches incluían escuchar novelas clásicas que daban por radioteatro, o grandes conciertos que mamá nos sugería no perdernos.

Había otro programa que nos encantaba y en el cual tanto él como yo habíamos intervenido, respondiendo acertijos y ganando algún premio: lo dirigía Martín Paz y era un programa cultural donde se hablaba divertidamente de aritmética –los números son el fuerte de Pedro hasta hoy–, filosofía y literatura.

Yo solía enviar esas cartas –en Cabana era una aventura enviar una carta– firmando nada menos que Lady Winter, imitando a la Milady de Winter de Dumas, en Los Tres Mosqueteros.

Pedro me contesta el mail devolviéndome el nombre del programa: Preguntemos y aprendamos, y recordándome que había otro: Famosos del jazz, donde yo aprendí a disfrutar de aquella música tan distinta a la de las comedias de Bing Crosby que pasaban en el cine de Unquillo. Y de pronto, recordamos la pasión que teníamos por las revistas de historietas que leíamos.

Sugerencias:

1) Aprovechemos la cuarentena para ponernos al día con nuestros hermanos.

2) Sé que a veces los cónyuges se aburren de escuchar esas crónicas familiares, pero ahora podemos hacerlo por mail, WhatsApp, Zoom, sin molestarles.





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