Muchas tardes, copábamos la galería con mis hermanos para leer comics y novelas bajo un silencio que nos unía.


En casa se compraban infinidad de revistas de todo tipo. Mamá recibía unas diez por mes, algunas en inglés o francés, y muchas argentinas. Eran revistas “femeninas”, donde leí el primer cuento de Saki, el primero de Katherine Mansfield –”Garden Party”– y las historias de mujeres célebres, desde Cleopatra a Eugenia de Montijo. Papá recibía al menos cuatro de arquitectura, además de El Gráfico –deportes–, La Chacra –siempre soñó con tener una granja– y el Patoruzú.

Nosotros, además del Billiken y las de Walt Disney, amábamos las historietas: en sus páginas, venían relatos de cowboys –Tom Mix, Laredo, Ranger de Texas–; de piratas –Sandokán, que amábamos, o Hernán el Corsario–; de policías y pistoleros –Dick Tracy, Vito Nervio, Rip Kirby–, de “príncipes” o medievales, donde el Príncipe Valiente, del excelente dibujante Harold Foster, reinaba junto con Robin Hood y Kevin, el Denodado.

Nos acordamos algunos nombres de estas publicaciones: El Gorrión, Puño Fuerte, Rayo Rojo, El Tony, Intervalo, Patoruzito. Y más adelante, los comics de Oesterheld, con Ernie Pike, o el tan querido Sargento Kirk, y también Ticonderoga.

Recuerdo con él, que por entonces yo comenzaba a interesarme en el pasado argentino, y tanto El Hogar como el Mundo Argentino ya tenían una página para “Patria Vieja” y “Lanza Seca”, además de aquellos cuentos de fogón con muy buenas ilustraciones de Salinas o Roux.

Pedro, que siempre se sintió atraído por la ciencia ficción, fue el primero de nosotros que comenzó a comprar y compartir la Más Allá, una revista que hoy es considerada de culto, dedicada a la mejor literatura de este género desde 1953 hasta 1957. Es más, confieso que, aunque yo era la hermana mayor, fue él quien puso por primera vez en mis manos –y me instó fervorosamente a leerlo–, el libro de Alfred Bester, El hombre demolido, que acababa de ganar el Premio Hugo un año antes, aproximadamente. A mí esta obra me volvió adicta a Ediciones Minotauro y seguí comprándola mientras se editó; y aún ahora me tiento si, por casualidad, veo alguna en las casas de compraventa.

“En ella” –dice Pedro– “leí uno de los más bellos cuentos que recuerde: ‘Los primeros hombres’, de Howard Fast”, autor al que hasta el día de hoy admira, y no sólo por su historia de Sacco y Vanzetti.

Y agrega: “Cuando tenía unos trece años, me recomendaste El mundo es ancho y ajeno, una de las mejores novelas que he leído. Me solía ocurrir una cosa: luego de leer esos libros más ‘serios’ me costaba volver a Salgari, Verne, London. Pero los extrañaba, y mucho, aunque me quedaba el consuelo de las historietas.”

Recuerdo que Gabriel García Márquez hizo un hermoso comentario sobre las revistas de historietas editadas en la Argentina que él leía y que poblaron tanto su niñez, como la de muchos chicos y adolescentes de nuestro país.

¡Qué calidad de temas, de periodistas e historiadores que sabían de lo que hablaban! Qué calidad de dibujantes que nos enseñaban jugando, como quien dice; y esas tardes en la galería y de intercambio de lecturas, cada uno en un rincón, leyendo su revista, que nos hermanaban en el silencio.

Sé que hemos disfrutado de una infancia especial, que crecimos en una familia y en una época que nos ha marcado como hermanos, como seres humanos y como personas sociales: a esto le debemos la hermandad que disfrutamos.

Sugerencias:

  1. Interesémonos en saber qué leen y qué les atrae a nuestros hijos y nietos.
  2. Apoyémoslos con cosas que despierten su imaginación.
  3. Guardarán esa alegría toda la vida.

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En casa Cristina Bajo



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