La peste nos da más miedo que la guerra u otra catástrofe, es la más vieja pesadilla de la humanidad.


Dicen que aún hoy, tan adelantados en medicina y recursos, la peste sigue dándonos más miedo que la guerra u otras catástrofes: es la más vieja pesadilla de la humanidad.

En Córdoba, tenemos noticias de ella desde temprano gracias a las crónicas de los jesuitas, y por el excelente estudio del Dr. Félix Garzón Maceda: Historia de la Medicina en Córdoba. Por estos trabajos, sabemos cómo se vivía en aquellos tiempos el terror a las epidemias.

Al parecer, la peste solía llegar después de lluvias e inundaciones. Dice el P. Charlevoix: “Una creciente repentina inundó la Ciudad, derribó parte de sus edificios que no estaban aún firmes; un viento impetuoso acompañado de violenta tempestad asoló los campos, sobrevino luego la peste y por todas partes no se veían más que muertos y moribundos.” La más antigua de nuestras epidemias sucedió en 1598 y diezmó la población de esclavos e indios –que no tenían defensas contra ella– y algo menos la española.

Sus síntomas: “Dolor de costado, fiebre y saliva sanguinolenta”. Era la neumonía infecciosa o la “pulmonía proverbial” que se daba entre julio y octubre, según los estudios del Dr. Garzón Maceda en la primera mitad del S. XX. Algo parecido a lo de estos días.

Hubo epidemias de viruela, de escarlatina, de las llamadas “fiebres malignas” y era muy temido el chavalongo o tabardillo, tanto, que existía un Cristo yacente que sólo se sacaba durante la peor arremetida del mal.

Se describe a esa estatuilla como un trabajo posiblemente indiano, un Cristo de facciones doloridas y cuerpo exangüe; en el estómago, una especie de puertilla permanecía cerrada en tiempos de salud, y la efigie, guardada.

En tiempos de peste, se la llevaba a la sala o al oratorio familiar, y al abrir esa trampilla, se elevaba un trabajo hecho con sogas o tripas secas que imitaban los intestinos. Ante ella se rogaba por la salud de los que habitaban la casa. La obra, impresionante, tiene aún otra leyenda: ha permanecido por siglos en la misma familia y ninguno de ellos ha muerto de peste.

El P. Paucke, en su libro Hacia allá y para acá, nos cuenta que los indígenas de esta parte de Sudamérica “usaban agua de cebada y de lino y otro refrescante preparado de agua azucarada, pepitas de sandía y de melón, de zapallo machacado.” Según crónicas de dos siglos, dejando de lado el cólera, ninguna enfermedad hizo tanto daño como la viruela, llegando a matar casi la cuarta parte de los pobladores de estas tierras.

Para finales del S. XVIII, el marqués de Sobremonte hizo mucho, en Córdoba, por este problema, instituyendo las Comisarías de Barrio; entre sus obligaciones estaba la de “cuidar que no se propagasen las enfermedades infecciosas, debiendo dar cuenta inmediatamente a la superioridad sobre cualquier caso que se produjese.” También obligaba a los vecinos a denunciar muertes “por calentura hética (tétano o septicemia), “para que se quemen inmediatamente sus ropas y muebles.” Esta ley no fue superada hasta casi cien años después.

Es de admirar la actitud de Sobremonte cuando, en 1785, habiéndose declarado una epidemia de viruela, acudió en persona a remediar la situación de los enfermos pobres, sosteniendo con su dinero a las familias más necesitadas. Algo que, me parece, no veremos en estos tiempos.

Sugerencias:

1) Cuidemos nuestra salud y la ajena: aislarse unos pocos días puede hacer la diferencia.

2) Consultar con el médico qué comidas o vitaminas pueden ayudarnos.

 3) ¡Aprovechemos para leer!





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